¿WATERLOO?
¿Habrá firmado Gilberto Herrera su propio Waterloo? La pregunta no es menor.
Le cuento. Fiel a su costumbre, el exrector de la UAQ volvió a colocarse la capa de justiciero y se montó en una causa con aroma a conflicto. En el jaloneo de acusaciones, decidió irse directo contra la CATEM, a la que señaló de participar en un supuesto esquema de fraude que habría afectado a maestros. Es decir, optó por patear la reja del brazo obrero del morenismo y, de paso, de uno de los aliados más cercanos del proyecto de la presidenta Claudia Sheinbaum.
No es una jugada menor. Es, más bien, una de esas decisiones que no se toman sin calcular costos… o que se toman sin calcularlos. Es la Marmota Herrera, porque cava hacia abajo.
Lo anterior no es la primera señal de desalineación. Hace apenas unos meses votó en contra de una iniciativa impulsada desde Palacio Nacional. Y en lo local, su entorno digital —una mezcla de operadores, opinadores de ocasión y asesores con más entusiasmo que estrategia— se ha dedicado a tundir en redes a cualquiera que no sea él dentro de la carrera por la candidatura al gobierno del estado.
El resultado empieza a dibujarse: de ariete pasó a factor de ruido. De activo interno a problema que incomoda.
Porque en política, una cosa es confrontar y otra muy distinta es quedarse sin aliados.
Hoy, Gilberto Herrera parece más cercano a la lógica del chivo en cristalería que a la de un operador fino. Y cuando eso ocurre, el margen de maniobra se reduce… y las facturas llegan.
A este paso, no sería extraño que, cuando llegue la hora de las definiciones, alguien encuentre en los resultados de la encuesta interna el pretexto perfecto para patear el tablero.
Porque cuando se cava hacia abajo, el fondo siempre llega.
NUBARRONES AZULES.
Sigue la incertidumbre rumbo a 2027 en la casa azul. Y cuando el cielo se carga de nubes, no falta el aventurero que pierde el norte. Ya pasó en la capital.
Hace apenas cuatro semanas, el escenario parecía cantado: el abanderado sería un perfil del menú duro. Hoy, después de algunos ajustes en el manejo de programas sociales, la balanza empezó a inclinarse. No de golpe, no de forma estridente… pero sí lo suficiente para que más de uno empiece a recalcular.
Y en política, cuando alguien recalcula, alguien más se descoloca.
Se mueven fichas, se reacomodan lealtades y aparecen —cómo no— los que juran que siempre estuvieron del lado correcto. Los mismos que ayer apostaban a un nombre y hoy ya se dicen convencidos de otro. Convicción flexible, le llaman.
Lo cierto es que, mientras el PAN no defina con claridad el método y el timing, el ruido seguirá creciendo. Y el ruido, en estos casos, no solo confunde: también erosiona.
Porque una cosa es abrir el juego… y otra muy distinta es dejarlo abierto demasiado tiempo.
Así es la chingada política: tensa.


