EL FICHAJE DE ORO. Cuentan en los cafés de Plaza de Armas que mientras algunos “suspirantes” de la Cuarta Transformación siguen extraviados en el laberinto de las encuestas y las selfies sin rumbo, Ricardo Astudillo decidió dar un golpe de autoridad en la mesa. No mandó señales de humo, mandó traer un tanque de guerra: Carlos Mandujano. El mensaje es ruidoso y claro: Astudillo no quiere “participar”, quiere las llaves del Palacio de la Corregidora.
MEMORIA SELECTIVA. Para nadie es secreto que Mandujano tiene el código genético del votante queretano bien descifrado; por sus manos han pasado las estrategias que llevaron a la silla estatal a personajes que hoy son leyenda (y pesadilla) para sus actuales rivales. Ver a un estratega de “sangre azul” o institucional operando para el proyecto verde-guinda es, por decir lo menos, un cortocircuito para la lógica tradicional de la entidad.
¿PALOS DE CIEGO? El contraste es brutal. Mientras otros aspirantes de Morena se desgastan en riñas internas o en campañas de “tierra” que parecen más bien excursiones escolares, el líder del Verde está comprando disciplina y método. Dicen los que saben que en la oficina de Astudillo ya no se habla de “suerte”, sino de métricas, segmentación y, sobre todo, de cómo arrebatarle el centro al PAN.
LA DUDA. La gran pregunta que recorre los pasillos políticos es: ¿Logrará Mandujano tropicalizar el discurso de la 4T para un electorado tan conservador como el queretano, o será Astudillo quien termine mimetizándose con la vieja guardia para ser aceptable? Lo cierto es que, con este movimiento, Ricardo dejó de ser el aliado “cómodo” para convertirse en el rival a vencer en la interna.


