
¡Paren las prensas y los tráileres! Que alguien le pase un mapa de competencias —o de perdida un libro de civismo de primaria— a la Secretaría de Comunicación Social del Comité Estatal de MORENA. Resulta que la funcionaria despertó con la adrenalina de revolucionaria de cafetera y la brújula de un turista extraviado, decidiendo que la mejor forma de pedir un puente era secuestrar el Libramiento Norponiente.
Lo que nadie le explicó en su curso exprés de “Activismo para Principiantes” es el pequeño detalle de las jurisdicciones. Bloquear una vía federal para exigirle algo al gobierno del estado es como ir a mentarle la madre al carnicero porque el internet está lento: un despliegue de energía digno de aplauso, pero con una puntería intelectual que roza lo trágico.
En su afán por “hacerse sentir”, la Secretaría no solo detuvo el tráfico, sino que también puso en pausa cualquier rastro de lógica jurídica. Mientras los traileros se deshidrataban y los conductores recordaban a toda su genealogía, ella se mantenía firme, ignorando que la SCT es quien manda en ese asfalto y que el Estado no puede poner ni un clavo sin permiso federal. Pero claro, pedir que abran un código legal antes de cerrar una carretera es como pedirle peras al olmo… o coherencia a la política actual.
Al paso que vamos con este nivel de “brillantez” estratégica, no se extrañen si mañana la misma Secretaría decide clausurar el Oxxo de la esquina porque no le depositarón las Becas del Bienestar, o que intente bloquear la entrada de un baño público para exigir que pongan drenaje en el lumpen de donde salió
Al final, queda claro que para algunos la política no es el arte de lo posible, sino el arte de ver cuántas leyes se pueden violar simultáneamente sin haber leído ninguna. Si la ignorancia fuera materia fecal, el Libramiento no necesitaría un puente peatonal, sino una fosa séptica de dimensiones industriales para enterrar tanto ego inflado; un vertedero donde los sesos de la funcionaria floten como nata rancia en un caldo de diarrea legislativa, dejando un olor a azufre que ni el desinfectante más fuerte del mundo podrá quitarle a su “brillante” carrera política.


