CALIENTES ALARMISTAS
Ayer, con el rumor de la supuesta detención del señor Nemesio —alias “El Mencho”— pasó lo que siempre pasa cuando estalla una noticia de alto voltaje: información fantasma. Unos por ignorantes y otros por atascados. La combinación perfecta.
En el ansia de presumir la “primicia”, muchos terminaron compartiendo cualquier cosa que aterrizara en su WhatsApp o en su bandeja de mensajes. Y lo que no venía con etiqueta, se la inventaban. De pronto, todo tenía explicación mágica: que si se quemó un pastizal, que si un vehículo presentó una falla eléctrica y se incendió, que si hubo un atropellado rumbo a Celaya… absolutamente todo era consecuencia directa de la detención del capo. Nemesio ya parecía omnipresente.
La autoridad salió a precisar que se trataba de hechos aislados de vandalismo que ya están bajo investigación. Incluso, dicho sea de paso, lograron detener a los genios que incendiaron el Oxxo de avenida Cimatario. Pero claro, eso ya no generaba el mismo tráfico.
Ni hablar de las huestes digitales afines a ciertos actores políticos, que operan desde sus “medios” en Facebook con más entusiasmo que rigor. Ahí sí hubo festival: especulaciones, supuestos contactos “de alto nivel” y análisis dignos de ficción. ¿El resultado? Caos informativo y paranoia social. Nada más.
No es la primera vez. Ya ocurrió en el trienio de Marcos Aguilar Vega, cuando corrió el rumor de que una multitud avanzaba por el Mercado Escobedo haciendo saqueos. ¿Y al final? Nada. Todo producto de algunos mequetrefes con acceso a teclado y cero responsabilidad.
Conviene recordarlo: el miedo también se fabrica. Y en tiempos de redes sociales, se viraliza más rápido que cualquier aclaración oficial.
Seamos responsables. Consultemos varias fuentes antes de escupir. Contrastemos datos. Remitámonos a información oficial antes de convertir un chisme en alarma colectiva. No es tan difícil.
Porque el verdadero incendio no siempre está en la calle. A veces está en el teléfono.
POR NO PLANCHAR
La semana pasada se le cayó una sesión de Comisión a un integrante de la Legislatura. Y no fue por falta de quorum ni por exceso de trabajo: fue por no planchar el asunto antes de sentarse a la mesa.
Más allá de las formas que marca la ley, el fondo era delicado. El diputado en cuestión pretendía revisar cuentas públicas de un municipio en el que tuvo participación antes de asumir su curul. Y ahí es donde la política deja de ser discurso y se convierte en terreno minado. Porque cuando se mezclan pasado administrativo y presente legislativo, la palabra que empieza a rondar es incómoda: conflicto de interés.
El experimentado Antonio Zapata Guerrero levantó la mano y puso el dedo en la llaga. No fue grito, no fue show; fue observación técnica. Y bastó. La sesión que ya se daba por hecha simplemente no pudo ejecutarse.
En política, la forma importa. Pero el fondo pesa más. Y cuando no se amarran los cabos antes de convocar, pasan estas cosas: la agenda se descarrila y el protagonismo se convierte en tropiezo.
Esto apenas empieza. Porque cuando se abre la puerta a revisar cuentas… también se abren preguntas.



