En las sagradas escrituras del Centro Cívico acaba de inscribirse, con letras de oro y sangre de burócrata, un nuevo mandamiento: No clausurarás el changarro del prójimo… si el prójimo está amparado por el manto de Rogelio Vega.
Cuentan los sobrevivientes del organigrama municipal que a don Juan Carlos Arreguín lo acaban de excomulgar de la nómina por padecer un ataque agudo de miopía política. En un arrebato de fe ciega en los reglamentos (enfermedad rarísima y casi extinta en el Bajío), el buen hombre mandó pegar los temibles sellos rojos de “Clausurado” en un distinguido comedero.
El pequeño detalle costumbrista —de esos que no vienen en el Diario Oficial, pero se aprenden a periodicazos— es que el restaurante en cuestión no operaba con simple y mundana licencia de funcionamiento, sino con la bendición plenaria de San Rogelio.
¡Sacrilegio absoluto! En este Querétaro próspero, persignado y de buenas familias, interrumpirle el flujo de caja a un protegido de las altas esferas es como querer cobrarle el recibo del agua a los arcos del Acueducto: una impertinencia históricamente imperdonable.
Aplicando la implacable física cuántica del poder local, la acción rebotó con una fuerza devastadora. En menos de lo que canta un gallo en El Pueblito, el restaurante fue milagrosamente absuelto y sigue sirviendo la sopa del día, mientras que al pobre de Arreguín le terminaron clausurando el escritorio, la quincena y el futuro político.
Moraleja para inspectores incautos:
Antes de sacar el engrudo y la faja de clausura, no cometa la vulgaridad de pedir el uso de suelo o el visto bueno de Protección Civil. Pida la fe de bautismo del dueño y revise en qué mesa del gabinete se sienta a comer. Aquí, como decía el clásico, la ley es dura… pero el compadrazgo es a prueba de balas.



