Por: Emilio “El Búho” Uresti
Decía el tío Sabino, allá en el viejo San Sebastián antes de que nos exiliáramos en las cantinas de la colonia Roma, que no hay criatura más patética que el marinero que presume sus medallas de natación mientras el barco naufraga en el asfalto. Me acordé de él —y del irremediable absurdo de nuestra grilla nacional— contemplando la “carrera” de un hombre que ha hecho de la intrascendencia todo un arte marcial: el hoy diputado federal Luis Humberto Fernández Fuentes
Si la política fuera un concurso de engargolados, sellos y diplomas, don Luis Humberto sería nuestro Tlatoani indiscutible. El hombre colecciona títulos con la misma voracidad con la que un cleptómano acumula encendedores ajenos: doctor en Administración Pública, con paso por Harvard, la Complutense, la Universidad de Alcalá de Henares y hasta la Academia Nacional de Gobernación de China. Un currículum tan obeso que, paradójicamente, lo vuelve levitante, casi invisible en el terreno donde se ganan las elecciones reales: el lodo.
Resulta que nuestro académico de cabecera, tras años de calentar curules en el Senado (por la vía de representación proporcional, claro está, porque eso de gastar suela es de muy mal gusto) y de fungir como el supremo oficinista de la Autoridad Educativa Federal en la CDMX, tuvo una revelación mística. Miró hacia el Bajío y se dijo: “¡Joder, que yo he nacido para gobernar Querétaro!”.
Y ahí lo tienen, representando al Distrito 6 de Santiago de Querétaro por el milagro redentor de Morena, intentando convencer a los queretanos de que él es el mesías urbano que estaban esperando, aunque en la Plaza de Armas tenga menos reconocimiento facial que un turista noruego perdido en la Doctores.
La aspiración de Fernández a la gubernatura de Querétaro es, por mucho, el secreto mejor guardado de la política nacional. Es un proyecto tan secreto, tan íntimo, que a veces sospecho que ni los propios morenistas de la entidad se han enterado de su existencia. En un estado que opera como el búnker más plácido del conservadurismo y donde el PAN respira sin agitaciones, la estrategia de Luis Humberto consiste en recitar la agenda del centro, colgarse del manto protector de la Presidenta Sheinbaum y prometer, con voz de profesor aburrido, que limitará el “desarrollo inmobiliario”. Vaya atrevimiento revolucionario. Es como intentar apagar un incendio forestal leyéndole un capítulo de Max Weber a las llamas.
El drama del “doctor” Fernández es el de toda una casta en este país: burócratas de cubículo que confunden el eco de sus propias conferencias en el INAP con el clamor popular. Aspirar a gobernar Querétaro desde la más absoluta anemia de carisma requiere un nivel de autoengaño que raya en la genialidad clínica. Su peso específico en las tribus caníbales de MORENA es tan volátil, tan insípido, que, si mañana decidiera afiliarse al Partido Verde o retornar al viejo cascarón perredista, el único que notaría su ausencia sería el cajero automático que le deposita religiosamente la dieta legislativa.
Al final del día, el buen Luis Humberto es un testimonio andante de una de mis máximas favoritas: en el México mágico, la academia sirve para enmarcar la pared; la política, para ensuciarla. Que siga soñando con sentarse en el Palacio de la Corregidora. Total, soñar es gratis y, con tantos doctorados, seguramente sabe hacerlo en tres idiomas.



