A la pregunta expresa que hoy sacude las mesas de café de nuestra levítica, heroica y nada chismosa ciudad de Querétaro: ¿Quién demonios ganó con la foto de Pancho Domínguez y el joven maravilla, Ricardo Anaya, dándose el abrazo de Acatempan región Bajío?
La respuesta oficial de las buenas conciencias dirá que “ganó la unidad del partido”. La respuesta real, esa que se susurra bajo los Arcos, es matemáticamente más dolorosa.
En realidad, el único ganador fue el sastre. Sí, el pobre diablo que tuvo que zurcir de emergencia los sacos de ambos políticos; porque con tanto puñal que traían escondido en la espalda a la hora del “fraternal abrazo”, las costuras amenazaban con reventar.
También merece una mención honorífica el fotógrafo, quien logró un verdadero milagro de la física cuántica y la óptica moderna: lograr meter dos egos del tamaño de la Peña de Bernal en un solo encuadre sin que el lente de la cámara estallara en mil pedazos por la presión atmosférica de tanta hipocresía junta.
No nos engañemos. En esta tierra de querendones donde persignarse es deporte olímpico, ver a Pancho y al “Cerillo” sonriendo juntos es como ver a dos gatos amarrados de la cola: sabes que se están odiando, pero fingen que están bailando porque el perro guinda (que ya no es tan perro, sino aplanadora) los está mirando desde la barda.
¿Y el perdedor? El queretano de a pie, que ahora tiene que tragarse este milagro de la política ficción como si fuera un bolillo duro de antier, mientras trata de adivinar quién de los dos va a envenenar primero el agua del garrafón en el Comité Directivo Estatal.
¡Cosas veredes, mi estimado, en esta sucursal del Club de los Corazones Rotos!



