El Evangelio según San Pancho de las 200 Hectáreas
En las serranías de Bizcaya, cuando dos hombres disputaban un lindero, el asunto se resolvía a garrotazos o con dos jarras de chacolí sobre la mesa. Había cierta decencia bruta en el despojo. Pero al llegar al Bajío queretano descubrí que el despojo no se hace con hacha, sino con catecismo, notaría y una devoción conmovedora por la plusvalía.
Francisco “Pancho” Domínguez Servién, insigne veterinario, exgobernador del PAN y paladín de la rectitud moral con tufo a sacristía, ha demostrado que su verdadera vocación nunca fue la medicina porcina, sino el latifundismo por convicción divina. Las acusaciones que hoy lo señalan por orquestar una trama de despojo inmobiliario en Huimilpan no son un escándalo político: son, en realidad, un milagro de la caridad privada. ¿Para qué dejar 269 hectáreas en manos de campesinos y ancianas que solo saben sembrar maíz, si un exmandatario puede sembrar ahí fraccionamientos de lujo para la gente bien?
Máximas del Feudo Queretano
- El agua bendita no se desperdicia: Exigir un predio que incluye una concesión de 360 mil metros cúbicos de agua al año no es codicia; es ecologismo preventivo. En el Querétaro panista, el agua no pertenece a quien la trabaja, sino a quien tiene la capacidad técnica de llenar las albercas de su rancho.
- Celeridad institucional: La Fiscalía del Estado puede tardar dos años en encontrar un automóvil robado, pero despliega a la policía y al Ejército la mismísima noche de Año Nuevo si una anciana se niega a firmar la cesión de sus tierras. Da gusto ver que el Estado de derecho funciona con puntualidad suiza cuando hay metros cuadrados en juego.
- La multiplicación de las acciones: Crear la empresa MFJ Campestre y reservarse sutilmente el 60 por ciento de las acciones no es conflicto de interés; es una simple muestra de liderazgo empresarial. El verdadero pastor no solo guía a las ovejas: se queda con el pasto.
El método es de una elegancia criminal que roza la literatura fantástica. Ya no se necesitan matones a caballo como en las películas de la Revolución. Hoy basta un fideicomiso redactado con la opacidad de un manuscrito medieval, un par de prestanombres diligentes y la complicidad sumisa de un poder judicial que confunde la justicia con el servicio de banquetes del gobierno en turno.
La defensa del exgobernador es aún más sublime: sugiere que él no está arrebatando nada, sino “protegiendo” el patrimonio de la familia afectada contra sus propios herederos. Qué manera tan profunda de entender las obras de misericordia. Es la expropiación como acto de salvación espiritual. Le quito la tierra a la abuela para que no se preocupe por el impuesto predial; le quito el agua al pueblo para librarlos de la tentación del ahogamiento.
Decían en mi pueblo que el infierno está lleno de buenas intenciones y el purgatorio de pleitos de herencias. En Querétaro no hay purgatorio: solo hay un Registro Público de la Propiedad donde las escrituras cambian de dueño más rápido que los principios de un político en campaña.
Pancho Domínguez gobernó con la biblia en la mano y la calculadora en el bolsillo. Hoy, retirado en la placidez de sus ranchos acumulados, puede dormir con la conciencia tranquila de los justos. Después de todo, en el Bajío la impunidad no es un delito: es un derecho adquirido por la gracia de Dios y el visto bueno del notario. Agur a la propiedad privada.




