Es bien sabido por la gente de bien que la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos es un documento sumamente pintoresco, redactado por señores con bigote y muy útil para tres cosas: los honores a la bandera, inspirar discursos el 5 de febrero en el Teatro de la República y envolver gorditas de migajas en el mercado de la Cruz. Por eso, a nadie debiera sorprender que nuestro dilecto gobernador, don Mauricio Kuri, haya determinado que la soberanía nacional es un concepto demasiado chilango y ordinario para una entidad que aspira a ser el primer condado no oficial del estado de Texas.
La controversia por la nueva Academia Internacional de Capacitación Policial con sello Made in USA revela la sofisticación del pensamiento local. ¿Para qué perder el tiempo tramitando permisos en la Cancillería —llena de burócratas centrales que no entienden el milagro queretano— si uno puede sentarse a tomar un vino de Tequisquiapan con los muchachos del FBI y la DEA? Dice el artículo 117 constitucional que los estados no pueden pactar alianzas con potencias extranjeras, pero es evidente que quien escribió ese texto en 1917 no previó el desarrollo inmobiliario de Juriquilla ni la urgencia de nuestra policía por aprender a decir “Freeze, motherfucker!” mientras retiran a un franelero frente a los Arcos.
La tesis de la administración estatal es de una sencillez arrolladora: no hay transgresión a la patria si la patria empieza pasando la caseta de Palmillas. Esta “diplomacia de contorno” es la evolución natural del orgullo queretano. Aquí no nos mandamos solos por rebeldía, sino por categoría. Si la Federación insiste en que la seguridad soberana no se negocia en ventanillas locales, habrá que recordarle al Gabinete Central que las leyes nacionales son como las fotomantas de velocidad en Bernardo Quintana: meras sugerencias decorativas para quien lleva prisa por figurar en los diarios de Washington.
Al final, la jugada es impecable. Si el experimento funciona, habremos demostrado que Querétaro es una próspera colonia anglosajona rodeada de México por todas partes. Y si la Suprema Corte determina que se violó el pacto federal y la arquitectura constitucional… siempre podremos argumentar que los agentes gringos no venían a hacer inteligencia, sino a comprar alfarería a Tequisquiapan y a aprender la receta del chicharrón de res. Total, la soberanía se defiende en los libros de historia, pero la foto con la plaquita dorada se presume en Antea.




