EL PROBLEMA FUE EL EMBAJADOR
Vaya ardor causó en Morena y en el Gobierno Federal la visita del embajador de Estados Unidos a Querétaro. Desde entonces, la presidenta Claudia Sheinbaum trae el asunto como piedrita en el zapato y las huestes guindas locales se han encargado de alimentar la narrativa de que Mauricio Kuri prácticamente cometió una afrenta diplomática. ¿El gran pecado? Colocar una primera piedra.
Porque cooperación entre Estados Unidos y Querétaro ha habido desde hace años. Hay antecedentes documentados, al menos desde 2015, de trabajo conjunto a través de la oficina estadounidense de asuntos antinarcóticos y aplicación de la ley: equipamiento, canes, capacitación, preparación policial e intercambio institucional. Elementos queretanos incluso han recibido formación en Estados Unidos y autoridades norteamericanas han visitado instalaciones de seguridad en el estado. Nada particularmente clandestino. Nada particularmente nuevo. De hecho hasta la Embajada de EEUU ha tenido participaciones activas con Querétaro en materia de seguridad, y nunca nadie había dicho ni pío, ni AMLO.
¿Entonces qué cambió esta vez? Fácil: estuvo el embajador. Ahí estuvo el verdadero prurito. Porque la cooperación que durante años pudo pasar como técnica de pronto se volvió políticamente incómoda cuando apareció en la fotografía el representante del Gobierno de Estados Unidos junto al gobernador de Querétaro. Y mire qué curioso: gobiernos emanados de Morena como Michoacán, Tabasco, Oaxaca, entre otros, también han recibido capacitación, equipamiento y cooperación de esa misma oficina norteamericana. Pero allá no parece activarse el detector de soberanía.
Además, no estamos hablando de repartir tarjetas, becas o programas sociales, terrenos donde Morena se mueve como pez en el agua. Estamos hablando de seguridad. Y en el evento estuvieron representantes de la Guardia Nacional y de la zona militar. A Relaciones Exteriores se le informó sobre una ceremonia protocolaria para colocar la primera piedra de una academia policial. No se firmó el Tratado de Bucareli II, ni se entregó Querétaro al Pentágono.
Pero apareció el embajador. Y ahí comenzó la pataleta. La presidenta insiste en que Mauricio Kuri debe “seguir los procedimientos”. Está bien, que se sigan. Pero cuesta trabajo tragarse que todo este escándalo sea únicamente por protocolo cuando durante años ha existido cooperación institucional sin semejante rasgadura de vestiduras.
El problema no fue la academia, tampoco la piedra. Ni siquiera Estados Unidos.
El problema fue que el embajador estuvo en Querétaro… y alguien en Palacio Nacional se enteró demasiado tarde.



