En esta tragicomedia de enredos que llamamos política mexicana, hay quienes sufren de incontinencia verbal y otros de eyaculación retórica precoz. Cuentan las malas lenguas —que en este país casi siempre resultan ser las más exactas— que don Santiago Nieto Castillo fue víctima de un repentino y acelerado furor por anunciar su renuncia al IMPI. La estrategia de manual dictaba, en efecto, amagar con hacer las maletas para meterle presión a propios y extraños; el pequeño detalle es que el hombre se equivocó de reloj, de escenario y de guion.
Tan inoportuno fue el arranque, que desde las alturas don Marcelo Ebrard tuvo que pegarle un telefonazo para acomodarle su respectivo coscorrón, obligándolo a ensayar el siempre penoso arte de recular en público. Mientras tanto, en las trincheras de su propio equipo, Lomelí y Espinoza se miraban con cara de pasmo, incapaces de comprender la prisa de su jefe por inmolarse. Al final, lo que estaba planeado como una jugada maestra de ajedrez, terminó siendo un simple y doloroso tiro por la culata.
El que amenaza con irse y a la mera hora se queda, no asusta a nadie; nomás se convierte en tapete.


