EL PECADO DE NATALIA TORRES
Vaya revuelo provocaron las declaraciones de Natalia Torres Salim en el pódcast de “Leo y Nacho”. La abogada y analista se atrevió a poner sobre la mesa una hipótesis incómoda: si el voto debería ejercerse sin ningún tipo de requisito de información o preparación. Se puede coincidir o discrepar con su planteamiento, pero bastó tocar ese tema para que se desatara una auténtica cacería digital.
Lo interesante no fue la discusión de sus argumentos. Lo verdaderamente revelador fue la reacción. Desde las trincheras más cercanas al poder federal comenzaron a desempolvar fotografías, relaciones personales, vínculos laborales y hasta su paso como asesora de un senador del PAN. El debate dejó de ser sobre ideas para convertirse en un juicio público sobre su vida. La receta de siempre: si no puedes destruir el argumento, destruye a quien lo pronuncia.
Hay otro detalle que tampoco debe perderse de vista. Natalia Torres se había convertido, debate tras debate, en una piedra en el zapato para los guindas. Más de una vez los dejó contra las cuerdas, sin respuesta y obligados a cambiar de tema. Esta vez, sin embargo, ella misma les regaló el pretexto perfecto: cuestionó el voto universal. Y eso duele cuando la narrativa electoral descansa precisamente sobre la defensa irrestricta de ese principio. ¿Alguien recuerda dónde se encuentra buena parte de la base electoral de Morena? Ahí están las hordas que, mitin tras mitin, corean al unísono “ez un onor heztar kon Klaudia oi”, mientras recogen sus becas y pasan lista al subir y bajar de camiones con asientos desgastados y ventilación de museo. Ese tema no se toca. Es terreno sagrado.
Y mientras los autoproclamados defensores de las mujeres observaban el espectáculo, los golpes siguieron cayendo. Lo de menos fue responder los argumentos de Natalia; lo importante era desacreditar a Natalia. Hasta un video viejo de Franco Escamilla desempolvaron con tal de desacreditar a quien pronunció, mas no lo que pronunció.
Curioso. Cuando la víctima pertenece al bando contrario, la indignación por la violencia política de género suele entrar en un oportuno periodo de hibernación. Tan de manual… como morenista.



