¡Ave María Purísima y que viva la hipocresía del Bajío! Fíjense nomás cómo masca la iguana en el sagrado terruño de los arcos. Resulta que en este Querétaro, tan persignado y de “buenas costumbres”, la justicia oficial padece de cataratas selectivas crónicas… pero eso sí, le instalaron un detector de arcoíris de última generación.
Hagamos memoria, hermanos: cada 8 de marzo el primer cuadro de la ciudad amanece “intervenido” a punta de aerosol, fuego y martillo. Hay cristales rotos, daños cuantiosos y hasta la propiedad privada sale raspada. ¿Y cuál es la respuesta de nuestro heroico gobierno estatal? La escobita, el recogedor, tragar saliva y un silencio sepulcral. Limpian calladitos, sudando frío y con la cola entre las patas para no espantar el avispero.
Pero, ¡ay, no vaya a ser la Marcha del Orgullo! Ahí la cosa cambia. Aparecen unas cuantas pintas domingueras —que, dicho sea de paso, apestan a montaje de infiltrado a kilómetros de distancia y son más sospechosas que un billete de tres pesos— y a nuestras autoridades de pronto les baja el espíritu de la Santa Inquisición y de Franco al mismo tiempo.
De repente, el Estado se acuerda de que existe y saca el garrote:
“¡Herejía! ¡Que caiga todo el peso de la ley sobre los vándalos de la diamantina!”
Un verdadero milagro de la eficiencia gubernamental en la tierra del Kuri-ato: las paredes del centro histórico amanecieron limpias, pulcras y censuradas en un parpadeo. Literalmente, el gobierno mandó a borrar esas pintas mucho más rápido de lo que el mismísimo Mauricio Kuri tarda en borrar sus “accidentales” tuits de odio cuando le avisan que ya metió la pata.
Al final, nos queda una lección muy clara: en este estado la pintura en aerosol solo es un crimen de alta traición si lleva colores muy alegres. Homofobia institucional con servicio de limpieza exprés. ¡Amén y que Dios nos agarre confesados!



