Crónicas de la grilla queretana donde el drama es de alta escuela y la austeridad… es puro cuento.
¡Auxilio, que me atacan (y nadie me pelaba)!
Cuentan las malas lenguas —esas que habitan en los oscuros sótanos del Centro Histórico y se alimentan de café soluble y chismes legislativos— que al flamante diputado federal Luis Humberto Fernández le dio un pálpito, un sofocón, un entripado patriótico: ¡fue amenazado de muerte!
¡Válgame Dios y la Inquisición queretana! Tan atareado andaba buscando un reflector que le diera tantita vigencia en el terruño —donde su paso ha dejado la misma huella que una lancha en el agua— que ahora resulta que es el enemigo público número uno de la mafia del poder (o de cualquier grupo con un teclado y dos dedos de frente).
Pero que no sufra el buen hombre, que no gaste saliva ni lágrimas en el pañuelo. Con la agenda tan nutrida que se maneja, ¿pa’ qué hace drama? Tan fácil y republicano como sacar el iPhone, buscar en sus contactos a su amiguísima Claudia y mandarle un-WhatsApp sin protocolo: “Oye, Claudita, ponme a Omar a vigilarme la retaguardia, que aquí en Querétaro los malosos no respetan ni la curul ni el currículum”.
Faltaba más. Con una llamada a Palacio Nacional se arreglan las crisis existenciales y los sobresaltos del ego. Porque eso sí, en la política mexicana actual, si no hay amenaza, no hay nota; y si no hay nota… ¿cómo justificar el sueldo y la relevancia?
¡Menos melodrama y más trabajo, monada! Que el miedo no inmoviliza, pero la irrelevancia… esa sí mata más rápido que cualquier recado póstumo.



